Cheo Hurtado: Cuatro cuerdas, una razón de ser

Isabel Cristina Montilva Larré

Era una mañana lluviosa en la Ciudad Bolívar de 1965, día en que un pequeño y travieso niño de cinco años, como cualquier otro muchacho de su edad, solo deseaba divertirse a toda costa, así que decidió emprender su primera gran travesura: se escabulló en la habitación de su hermano mayor, Samuel, tomó un par de cuatros, los posicionó en aquella bajada de la calle Victoria en el barrio Negro Primero y, como si de una tabla de surf se tratase, se lanzó sin pensar que muy pronto aquel instrumento se convertiría en su gran maestro y pasaporte para sembrar la música folklórica venezolana en cada rincón del mundo.

Ese personaje es Asdrúbal José Hurtado, un bolivarense prodigio del cuatro, que ejecuta con igual soltura múltiples instrumentos como la guitarra, la mandolina, el tiple, el tres y la bandola guayanesa de ocho cuerdas, la cual es el orgullo de la otrora Angostura del Orinoco, tierra que lo vio nacer en la víspera de la Cruz, es decir, el 2 de mayo de 1960 cuando en Venezuela recién se inauguraba la democracia.

Su infancia

Cheo creció en el seno de una familia de músicos, por lo que instrumentos como el cuatro, las maracas, los tambores o las bandolas iban y venían; los Hurtado, al igual que los Pantoja, fueron los encargados de cultivar el joropo guayanés y preservar la cultura venezolana en Ciudad Bolívar.

Su padre, Don Ramón Hurtado, quien era músico, decidió que su hijo también lo sería, pues veía en él una vocación especial, así que se convirtió en su maestro. Las clases empezaron cuando Cheo tenía cinco años. Todos los días, a eso de las seis de la tarde, comenzaba el charrasqueo en el patio de los Hurtado.

“La Siembra del Cuatro comenzó en el patio de mi casa natal cuando mi padre, Ramón Hurtado, sembró el cuatro en mí”.

A los siete años ya tocaba en los actos culturales en la escuela y realizó un programa de radio, en la estación Ecos del Orinoco, para acompañar a Úrsula Bello, cantante de música llanera. Fue allí donde ganó su primera placa y comenzó a monetizar su innegable talento.

Pero como todo muchacho a esa edad, él solo quería salir corriendo a la Plaza Bolívar a patear pelota o a jugar con metras en la tierra.

“Sí hubo una presión por parte mi papá para continuar con el legado familiar, pues él veía un gran talento y vocación en mí (…) Había muchas veces en las que yo solo quería jugar pelota, pero era una disciplina que él me inculcaba y como toda disciplina a esa edad, puede ser traumático… Sin embargo, una vez empezada la clase, yo la disfrutaba”.

Cuando Don Ramón Hurtado sintió que ya no tenía más que enseñarle a su talentoso muchachito, lo llevó a donde sus amigos Nicanor Santamaría y Chucho Reyes Jiménez. “Estos maestros eran unas biblias y con ellos aprendí los valses más importantes”, dijo Hurtado. “No leían el cifrado, pero se sabían todo el repertorio guayanés”.

En 1974, cuando finalizaba su primer año de bachillerato, Cheo intentó hacerse de una formación musical académica en Caracas con una beca financiada por la Gobernación de Bolívar y por Jesús Soto. Emprendió su viaje un lunes por la mañana y presentó la prueba de admisión en el Conservatorio. Cheo siempre ha sido un músico de guataca, por lo que inmediatamente le otorgaron el cupo. El martes ya tenía plaza en el liceo para iniciar su segundo año de bachillerato, pero el jueves se dirigió al terminal del Nuevo Circo y tomó un autobús de regreso a Ciudad Bolívar. No le había gustado la Capital.

“Me monté en ese autobús y me preguntaron por mi representante, pues era menor de edad y no podía viajar solo. Yo le dije que estaba para el baño y ahí me quedé quietecito hasta llegar a mi ciudad”.

46 años más tarde, Cheo confiesa por primera vez que, paradójicamente, siempre tuvo el sueño de tomar su cuatro e irse, solo, en una aventura por la gran Caracas.

“A lo mejor, si me quedo en el Conservatorio, no estaría conversando contigo acerca del cuatro, porque a mí me gustaba mucho el chelo…pero no ahondé mucho en eso, cosa de la cual no me arrepiento”.

Una trayectoria exitosa

«Cabeza de trompo» como lo conocen en su Ciudad Bolívar natal, no ha hecho más que girar en esa mente, ideas, letras, canciones, melodías y armonías que han engrandecido la memoria cultural de su país.

No es casualidad que en 1975, con tan solo 15 años, pusiera en marcha la idea de dedicarse a la docencia como profesor de cuatro, guitarra y mandolina en la Casa de la Cultura de Ciudad Bolívar y, fundara, más tarde, la Estudiantina Carlos Raúl Villanueva, que luego pasa a llamarse la Cuerda de Carmito, en homenaje al compositor guayanés, Carmito Gamboa.

A los 22 años emprendió su primera gira internacional, durante 47 días, con un cuarteto encabezado por la cantante Esperanza Márquez, Roberto Todd y el cuatrista Proto López. A lo largo de 33 conciertos fungió como guitarrista, bandolista, mandolinista y cuatrista, llevando la rica sonoridad de la música venezolana a los distintos rincones de Rusia y Ucrania.

“Fue todo un éxito. Habían días en los que se hacía doble función”.

En su retorno a Ciudad Bolívar, su maleta venía cargada de ideas, sueños y grandes aspiraciones, producto de sus vivencias en aquellos países, “Conocí conservatorios de música con grandes salones repletos de pianos y demás instrumentos (…) ¿Por qué no se puede hacer esto en Ciudad Bolívar?”, se preguntaba Cheo en ese entonces.

“A los 22 años ya iba con la espinita de producir, empecé a perseguir políticos (…) Ellos no entendían lo que yo quería explicar…Es tan así, ¡que llegué a pensar que estaba loco!”.

Sin embargo, eso no fue motivo para dejar de crear…

En 1985 funda Ensamble Gurrufío, junto a Luis Julio Toro y Cristóbal Soto, agrupación emblema de la nueva música popular venezolana, que trajo consigo un gran reconocimiento unánime en los escenarios más prestigiosos del mundo, gracias a su desarrollada técnica de improvisación.

Con su incansable labor ha contribuido decididamente a la renovación e internacionalización del cuatro venezolano. Desde abril de 2004 dirige el ya emblemático Festival Internacional La Siembra del Cuatro, concebido por él, que se ha convertido en terreno fértil para una inmejorable cosecha de instrumentistas que, tras su participación en el evento, han emprendido una carrera musical.

“Con seguridad digo que la historia del cuatro en Venezuela se divide en dos, el antes y después de la Siembra del Cuatro”.

Este último es uno de los capítulos de su vida que más lo enorgullece, en la historia de un hombre que se asemeja en su arte al majestuoso río Orinoco, pues alcanzó la grandeza de su cauce artístico con un cuatro y el amor por su patria. Es un músico enamorado del suelo que lo sintió nacer y del río que lo motivó a crecer. Si hay alguien que se gana la vida disfrutando lo que hace, ese es Asdrúbal Hurtado.

¿Y los premios?

A pesar de todo el éxito y reconocimiento que ha tenido, Hurtado reveló que nunca se ha interesado por los premios, “nunca han sido mi meta ni mi ilusión”. Sin embargo, su productor lo sorprendió el día previo a esta entrevista con la inscripción del aclamado álbum, Cheo Cuenta Boleros, en las categorías de Mejor Álbum Tropical Tradicional y Mejor Arreglo Musical, de los premios Grammy Latino.

Un amor musical

Como buen trovador, siempre ha sido un caballero y galante con las damas. Aún recuerda a su primer gran amor: una muchacha que vivía en Vista Hermosa con la cual cantaba y tocaba cuatro sin parar.
«Las serenatas y el acercamiento…la música era propicia para eso, era como una ventaja», comentó entre risas.

Inspiración

Cheo Hurtado describe al río Orinoco como un gran ente culturizador, pues gracias a su gran puerto fluvial llegaron muchos pianos que fueron adquiridos por familias pudientes. Con los pianos llegaron partituras y con ellas, mucha información musical de distintas culturas.
«Es un ente de inspiración de toda la vida».

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.